viernes, 12 de abril de 2013

El hombre en el mundo andino


Desde la óptica andina, propiamente de la filosofía sensorial —que toma como modelo de vida a la naturaleza—, la esencia humana no está configurada como un enfrentamiento del yo con lo otro —como si cada ser fuese un universo aislado que contempla el cosmos por sí solo— sino que el yo es más bien una parte de otro gran ser que es la sociedad y que todo lo que un individuo tiene es aquello que dicha sociedad le ha dado. Si él es lo que es es porque lo ha heredado, porque se lo ha otorgado quien le dio la vida. Tanto su forma de pensar como su idioma, además de sus usos y costumbres, son un legado; nada en realidad es suyo; y si hace algo es en función al mundo al cual pertenece. Uno de los castigos más fieros de todos los tiempos no es la muerte sino la expatriación o la expulsión, el convertir a un ser eminentemente social en un individuo solo y aislado de “su” mundo, con lo cual es fácil entender que, antes que individuos, los seres humanos somos grupo, familia, clan y sociedad.
En culturas como Occidente, donde se ha exaltado al individuo poniéndolo por encima de la sociedad, es en donde ha nacido la idea de que sí es posible concebir al humano separado de su entorno, como una especie de molde para ser llenado. Para muchos pensadores griegos, gestores de tales ideas, el hombre era solo una esencia, una idea imaginaria o teórica a la cual se le podían agregar ciertas características. Pero la realidad dice más cosas que las que ellos pensaron y lo cierto es que dicho hombre ideal, independiente de una cultura o civilización, en verdad no existe; siempre se es humano cuando se es parte de un contexto. Más aún, para ser humano es necesario un proceso de socialización sin el cual no podemos ser llamados humanos —o sea, no somos “moldes”. Los casos de individuos salvajes que han sido criados solo por animales revelan que ninguna característica humana puede desarrollarse únicamente por el hecho de ser biológicamente homínidos o primates; sin la intervención de una determinada cultura lo humano no surge; solo queda lo orgánico. Por lo tanto el factor humano es lo social, no el ser individual (en pocas palabras, no nacemos humanos; nos tenemos que hacer humanos en sociedad, a diferencia del resto de seres vivos quienes solo con su cuerpo les basta para ser lo que son).
Fuera de Occidente, en culturas como la andina la concepción de hombre está atada a la multiplicidad, que significa que la variable “yo” es solo una de las muchas posibles de darse para la plena realización. Un “yo” sin una comunidad que le dé sustento no es dable, de modo que para que un “yo” esté en capacidad de manifestarse tiene que acudir a un “otro”. Este “otro” implica muchas cosas: puede ser una familia, la sociedad, la tierra, el cielo, los seres vivos, los no visibles, etc.
El hombre andino no piensa en él mismo como el único actor y gestor de su vida; sin la intervención de lo otro está perdido. La reafirmación del “yo” es al mismo tiempo la de los otros. La vida es entendida entonces como una cadena de complementarios donde, si un eslabón se rompe, todo el sistema se quiebra y sufre. Por ejemplo, la desaparición de una laguna genera la muerte de toda la biodiversidad que la rodea y ello repercute más allá de su ámbito.
Lo mismo para los seres humanos: lo que le ocurra a un hombre de bueno o de malo afectará de todos modos a los demás. En consecuencia, una buena acción necesariamente será buena en la medida que le haga el bien al “otro” (que incluye a la naturaleza) y no como se piensa en Occidente que eso solo se da “en el alma” de quien la ejecuta (y Dios, que es el único que lo sabe, después la “premia”). En el mundo andino las acciones no están dirigidas al “interior” del ser sino, por el contrario, hacia la esencia de lo que él es, o sea, hacia la sociedad, de modo que se puede decir que el “yo” siempre tiene que estar volcado hacia el “otro”.
En el mundo andino el ser humano no vive “para adentro” sino “para afuera”, y ello explica su comportamiento social al desenvolverse en comunidad, tanto en las actividades laborales como en las manifestaciones religiosas en donde actúa exteriormente para expresar lo que siente y vive interiormente. El baile, por ello, resulta fundamental, así como todo lo relacionado con el cuerpo (la comida, la bebida) puesto que son acciones que se reflejan en el “otro” (lo mismo alimentar a los muertos, dar de beber a la Pachamama —la diosa-tierra—, etc.). La satisfacción de la vida en el mundo andino (algo similar a la “felicidad” de Occidente) está en el haber vivido dando a quienes dieron, compartiendo los dones. A esto también se le llama reciprocidad, actividad que se suma a la de complementariedad —que es “el comprender que se es parte de un todo y que lo que se hace repercute tanto en uno mismo como en un otro” (donde ese otro no es solamente el hombre sino también la naturaleza y el cosmos).
El occidental que explota a la naturaleza no percibe, no “siente” que se afecta a sí mismo puesto que el lugar de la Tierra que está contaminando “no se encuentra, según él, en su espacio de vida”, o sea, ve ese ámbito como algo ajeno y, por lo tanto, no le da ningún valor. Solo respeta aquello que le es “propio”, lo que está dentro de su modus vivendi. Una compañía minera tendría “reparos” y “se sentiría mal” si su actividad la realizase en la casa del dueño, frente a sus hijos; mas como supone que una región lejana que no le pertenece no es de su incumbencia, entonces puede destruirla sin consideración ni sentimiento de culpa.
En la filosofía andina eso es un imposible puesto que la Tierra tiene derechos propios, distintos a los del ser humano, y esto conlleva un comportamiento con ella de respeto sacralizado, de modo que nunca es “ajena” pues, donde se va, siempre está presente. Esto explica mucho de la actitud de los pueblos andinos frente a la explotación minera occidental que realiza dicha práctica bajo normas que no son las andinas (puesto que en este ámbito también existe la minería pero jamás es destructiva).
Para Occidente no hay un “otro” si no es su par, o sea, una parte de su propia sociedad occidental (“los hombres son todos iguales siempre y cuando sean todos occidentales u occidentalizados”), mientras que en el Ande o Andinia (ver Andinia la resurgencia de las naciones andinas, Luis Enrique Alvizuri, 2004) el “otro” abarca toda la especie humana además de la naturaleza en pleno, sin faltar ninguno de sus integrantes. Esta forma de pensar es la que, por principio, impide el ajenizar algo (que es la visión occidental) ya que todo lo que se ve siempre es parte de uno y ocupa un lugar importante en la actividad humana. Occidente nació “humanocéntrica” y ese es el estigma que no puede eludir pues siempre piensa en lo humano como el centro de sus ocupaciones, mirándose al ombligo, sin darse cuenta de cuál es su verdadera ubicación en la realidad. Ni la ciencia ni la razón pueden eliminar los prejuicios y las creencias cuando ellas forman parte de la esencia de los pueblos y ese es el drama que vive.

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