Mostrando entradas con la etiqueta Geopolítica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Geopolítica. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de marzo de 2018

La civilización andina como posible sucesora de la civilización occidental


Esta ponencia propone un cambio de visión sobre la civilización andina: plantea no verla como un objeto de estudio histórico sino como una propuesta de modelo a seguir para un desarrollo sostenible en la medida que sus estructuras filosóficas y sociales coinciden perfectamente con la búsqueda de una forma de vida futura que armonice con el medio ambiente e interaccione positivamente con la naturaleza. La razón que lo justifica es que este modelo ha venido siendo utilizado durante milenios por los pueblos andinos con excelentes resultados comprobados en la práctica y no hay motivo para creer que no pueda aplicarse a nivel mundial.  

Introducción
Los llamados pueblos ancestrales son vistos por los países desarrollados como si fueran menores de edad que habitan territorios muy ricos en recursos naturales pero inexplotados por la incapacidad de ellos mismos. Igualmente son concebidos como carentes de alguna virtud que pueda significar un aporte útil para la humanidad. Sin embargo ¿podrían ser considerados de otra manera y no como sociedades incapaces de aprovechar la riqueza o susceptibles de compasión o receptoras de políticas asistenciales? Lo que se pretende exponer aquí es que en una cultura como la andina se encuentran los elementos esenciales que permitirían responder a las grandes inquietudes contemporáneas como por ejemplo: ¿existirá un modelo de desarrollo sostenible que pueda reemplazar al capitalismo? ¿Cuáles serían las bases de su sustentación? ¿Cómo se podría comprobar si es efectivo?

Metodología
Debido a que éste es un razonamiento filosófico racional se empleará el análisis comparativo y, en algunos casos, tanto la deducción como la inducción, además de no desechar lo más valiosa que es la intuición. Diversas ciencias como la historia y la sociología aportan numerosos elementos de juicio con los cuales se pueden formar nuevas opciones a través de enfoques no convencionales, distintos a los que se plantea en la actual academia. Muchas veces lo que cambia no es el dato sino la manera de interpretarlo, tomando como referencia lo expuesto por Thomas Kuhn cuando planteó la tesis del paradigma en su obra La estructura de las revoluciones científicas (1962).

Tres nociones básicas para entender el pensamiento andino
A continuación voy a exponer en forma sucinta tres conceptos andinos traducidos de la mejor manera posible a una estructura de pensamiento occidental. Ante esto es obligatorio decir entonces que se parte del presupuesto que existe un pensamiento no occidental, desechándose para ello ciertas tesis que sostienen que la manera de entender e interpretar al mundo es una sola y que sus etapas básicas corresponden a las llamadas culturas primitivas mientras que las más elaboradas a la Occidental. Enfocar las cosas de esta manera es ya de por sí un cambio en la forma de juzgar que trae consecuencias fundamentales a la hora de hacer estudios y extraer conclusiones.

Solo considerando esta mirada menos prejuiciada es que se obtiene más soltura para ver las cosas sin las barreras de tener que encajarlo todo en un mismo esquema, método que de por sí no ha resuelto cuestiones básicas que muchos de los contemporáneos exigen ser replanteados. Entre estos últimos están numerosos pueblos sudamericanos quienes, lejos de sentir que desaparecen y que son relegados por la historia, juegan hoy un papel principal en el destino de gran parte del entorno andino.

La investigación teórica no puede estar al margen de esta realidad centrándose solo en temas que provienen del mundo occidental y vinculados a las preocupaciones propias de ese medio; el pensamiento latinoamericano viene luchando desde hace mucho por reenfocar el objetivo de sus propuestas dirigiéndolas hacia una sociedad y un mundo que no es Europa o Estados Unidos. En consecuencia, la esencia de las ideas que serán expuestas a continuación son producto de ese enfoque, de esa peculiar necesidad nuestra de mirarnos a nosotros mismos como un hecho real y principal, no marginal ni supeditado a las perspectivas de las sociedades dominantes de turno. Las tres nociones que se van a tratar son: sobre el origen del hombre andino, sobre su mandato imperativo de vida y sobre su finalidad, que es la belleza.

1.             El origen del hombre andino
Es común que debido a las relaciones de poder que gobiernan el mundo actual se piense que las creencias imperantes son las correctas. Sin embargo la experiencia nos demuestra que muchas veces éstas corresponden más a las necesidades de configurar un sistema de dominio que a lo que podríamos llamar como “la verdad”. No hay imperio que no pueda evitar tener que establecer ciertos cánones sobre los cuales sostener su dominio. Entre los muchos esquemas que existen se puede mencionar el de la noción de ser humano, cómo se piensa acerca de lo que es el hombre. Para tocar este punto debo apelar a mis propios trabajos sobre el tema los cuales están plasmados en las obras La promesa de la vida humana y, más ampliamente, en El impulso filosofante, aún sin publicar. En inevitable hacerlo puesto que, sin ello, no se podría citar un texto orgánico que sirva de apoyo a lo que voy a intentar sostener: que el hombre andino ha configurado su modo de interpretar al mundo en función a una relación sensorial con éste, de ahí que el eje central para la configuración de sus ideas sea lo que denomino como el factos, la unidad básica de pensamiento con la cual éste conforma sus discursos (en el caso occidental es el logos, la palabra). El factos es el acto con sentido que tiene una explicación y una orientación y que puede ser transmitido y entendido. La suma de muchos factos es una idea y la acumulación de muchas de ellas viene a ser el discurso.

Ciertamente que todos los seres humanos hacemos lo mismo y en distinta magnitud, pero lo que caracteriza al hombre andino es la priorización de dicho método para el filosofar. Sé que ahondar más en esto puede complicar las cosas hasta correr el riesgo de salirnos del tema, pero el hecho es que cuando se emplea tal forma de pensar el producto que surge de ello es diferente al que se obtiene mediante los otros dos métodos que vienen a ser el razonal (típico de Occidente) y el intuitivo (de Oriente).

Si hay algunos seres humanos, como el caso del andino, que consideran que la abstracción se puede plasmar en elementos concretos físicos y no solo en palabras es lógico que las explicaciones sobre sí mismo varíen diametralmente de las de otros, asunto que no debe extrañar. A quienes están acostumbrados a definirse como “seres razonales” para diferenciarse de los animales les parecerá extraño que haya quienes no lo entiendan así puesto que no consideran a la razón como el elemento prioritario para identificar lo humano. En el caso andino, debido a la preponderancia del factos sobre el logos, la definición recae en el acto, en la obra, siendo así que el hombre se diferencia del animal no por emplear su razón (pues todos los animales también la tienen a su manera) sino por “hacer cosas” que otros seres vivos no hacen. En Occidente fue recién con la aparición de las teorías evolucionistas que se cuestionó el papel de la razón para darle mayor valor al homo Faber como base para entender su esencia.

Visto esto se comprenderá que el andino se entienda a sí mismo como un producto de su relación activa con la naturaleza, de un dar y recibir información que es lo que finalmente lo identifica y de lo cual piensa que él ha surgido. No es por lo tanto ni un producto divino ni tampoco una exacerbación de su razón sino una obra hecha al alimón con la naturaleza. Esto explicaría muchas cosas, entre ellas, la ausencia de textos o libros o el no uso del lenguaje común para el ejercicio del filosofar, y sí en cambio la preocupación por poner las ideas “sobre” el mismo mundo en el que vive y donde solo viviéndolo es posible leerlas. Haciendo un paralelo con Occidente, mientras que allí se filosofa con el logos y se tienen que construir discursos orales-escritos, en el Ande se filosofa con el factos y se tienen que diseñar escenarios. Mientras que los filósofos occidentales son dramaturgos los andinos son escenógrafos y coreógrafos, pero en ambos casos se deja entender qué y cómo piensan dichos hombres. Para el andino existen otros sentidos además del de la vista con los cuales interactuar con el mundo. Un ejemplo de ello es el llamado “Camino del Inca”, en la ciudad del Cusco, que viene a ser una experiencia que, al ser recorrida, deja entender muchas cosas específicas hechas por el hombre al igual que cuando se recorre con los ojos los textos de un libro occidental. El método es diferente pero se logra el mismo fin: comunicar.

2.             El mandato imperativo de vida
En vista de lo primero resulta inevitable que, si se desarrolla una relación tan intensa y elemental con la naturaleza, se reconocerá en ella una serie de atributos esenciales. Debemos recordar que recién hasta hace poco en Occidente, con el auge de la ciencia, el hombre razonal de dicho continente comenzó a considerar a la naturaleza ya no como su enemiga sino como un objeto de su interés y estudio, además de la fuente de toda su riqueza. Esta civilización vivió durante miles de años tratando de verse a sí misma como algo más que naturaleza, como alejado de ella y de su “salvajismo”; lo importante era que el ser humano razonara y eso era su mayor valor y conquista. Sin embargo con la revolución y la caída del cristianismo como poder político dicha sociedad reconsideró tal autopercepción y hasta el día de hoy sigue intentando acercarse a la naturaleza con un verdadero afán, aunque todavía sin darle otro valor que el de cosa. Los rezagos del razonalismo aún le impiden aceptar una igualación con el resto de los seres vivos y eso se demuestra con el predominio que le da a las leyes del mercado por sobre las de la realidad, siendo ello un síntoma de que a Occidente le importan más sus propias concepciones de las cosas que los hechos concretos tal cual son.

En el caso del mundo andino, donde el ser humano vive más cerca de la experiencia sensorial que a la especulación razonal, el conocimiento es más un “entendimiento” de lo que es la naturaleza. Si Occidente se formó con la convicción que el conocer era aprehender las causas de todo, qué origina y ocasiona lo que nos rodea, en el Ande la idea imperante es la de captar el modus operandi de la naturaleza. He allí también la distinta orientación de la ciencia pues, mientras que en el primer caso es de tipo cognitiva —acción que es interpretada como “el descubrir las causas”, llevando ello a abrir la materia para ingresar a su interior y ver de qué está hecha, cómo funciona y de qué manera darle otra orientación— en el segundo lo es de entendimiento, en el sentido de que hacer ciencia no es otra cosa que “entender” a la naturaleza, saber cómo ésta se comporta para de ahí extraer las normas básicas de lo que el hombre debe hacer durante su existencia, no así torcerla a su antojo.

Si es así, el hombre sensorial encuentra sus explicaciones en lo observable y verificable, en aquello que tiene delante y que le muestra la esencia de la vida. La naturaleza toda es coherente, nada se halla fuera de lugar y emplea siempre la misma lógica. Al hombre lo que le compete es desentrañar de ella las enseñanzas que le explican todo lo que necesita saber para desarrollar su existencia. Uno de los idiomas originarios andinos, el quechua, expresa mediante un concepto —ajeno para Occidente— la más importante ley que el hombre puede llegar a aplicar: kamay, cuya traducción lo explica como un imperativo que emana de un poder superior al hombre, una obligación, una orden o un mandato. La idea subyacente es que la realidad es una estructura compleja pero que tiene su propia fuerza que la anima y toda ella interactúa de manera recíproca y solidaria, donde nada está dado al azar pues todo tiene un fin y un porqué, además de una función indispensable. Si desde lo más insignificante hasta lo más grandioso cumplen cada cual un papel entonces el ser humano, criatura que forma parte de este concierto, debe tener también su razón de ser y su misión en la vida. No puede estar exento de ella.

Siguiendo con esta secuencia se deducirá que la principal preocupación del hombre andino será primero averiguar qué es lo que le corresponde hacer para insertarse dentro del Universo y luego de qué manera debe cumplir con dicha tarea. A diferencia de la visión occidental, donde el ser humano es un ente aparte de la naturaleza, con objetivos y funciones ajenos a sus dictados y cuya “misión” es usufructuarla según le indiquen las ideas del momento, la del andino es compenetrarse en su ritmo y formar parte activa en su desenvolvimiento. Los seres vivos se realizan plenamente solo cuando desarrollan todo su ser tal como son, por lo tanto el hombre solo alcanzará su plenitud cuando haga algo que salga de sí y que esté dirigido a “colaborar” para que la naturaleza siga siendo lo que es. En pocas palabras, el humano “es” cuando, como humano, pone de su parte todo lo que está a su alcance para contribuir con la existencia del todo. De modo que no está llamado a transformarse en otra cosa que en humano, a diferencia de lo que en Occidente se dice cuando se le imputa a éste un destino de conquistador del Universo, dominador de la materia o futuro habitante de un cielo o de un infierno después de muerto.

Si el andino cumple con lo dispuesto para él por el kamay (el mandato) que viene a ser “lo que es” —puesto que no hay otra cosa fuera de la naturaleza (y donde la nada es un imposible en la medida que es solo una noción mental, no real)— entonces su vida habrá tenido sentido y él será dichoso. Si no lo cumple, si no colabora con el orden tal como es, entonces se habrá salido de lo correcto y actuado en contra del mandato que le obliga a ser útil para la naturaleza que le dio la vida. Esto explica por qué todos los dioses son tectónicos o seres propios de la naturaleza (en Occidente califican esto de “panteísmo” o “animismo” insinuando con ello una visión “primitiva” de la vida) y por qué el andino se inclina a lo evidente antes que a lo abstracto, situación que lo aleja de las especulaciones teóricas, muy entrañables para el occidental, pero que le resultan extrañas e incomprensibles en vista que la naturaleza no es ni oscura y misteriosa sino clara y sencilla en sus manifestaciones. Con ello también se aclara en parte la razón del carácter y temperamento de dicho hombre ante la existencia.

3.     Su finalidad: la belleza
Un tercer concepto fundamental para abordar el pensamiento andino es aquel que entenderíamos como su meta o finalidad; cuál sería el objetivo ideal que él persigue durante su vida, tanto como individuo como sociedad. Si hemos visto que él es distinto en cuanto a su forma de entender al mundo y a la realidad a como estamos acostumbrados —o sea, a la manera occidental— pues no filosofa con la razón sino con la sensación, con el factos, y por ello le da más peso a lo que obtiene como información de la propia naturaleza que de su imaginación. Se podría decir que si lograse aplicar todo lo que observa de ella para ejecutar su función humana entonces tendría por resultado una obra tangible y real que formaría parte del contexto natural, significando ello un aporte para que la propia naturaleza sea lo que ella ya es: perfecta. Si la flor, si la hormiga realizan su “trabajo” y con ello realzan al todo, el hombre no puede ser menos; también tiene que hacer algo para que ésta vaya bien, como debe ser. De modo que el aporte suyo tendrá que revertirse en la misma naturaleza y ello será un ladrillo más dentro de la armonía del conjunto, armonía que, cuando se da, produce equilibrio y paz, estabilidad y tranquilidad, cosa que es la mayor gratificación posible para el ser humano. Ese estado agradable lo que genera es una sensación de ver, de sentir, de compartir con satisfacción. Es, en suma de cuentas, un estado de belleza, puesto que la belleza no es otra cosa que la contemplación de la armonía, lo cual vendría a ser el gran objetivo de la existencia para el ser humano desde el punto de vista andino.

Toda obra humana, en la medida que produzca un beneficio común, tanto para el hombre como para la naturaleza, será siempre bella, de tal manera que la estética se medirá en función a cómo se insufla en la materia los elementos que producen armonía. No se trata de “imitarla” sino de “ayudarla” a seguir siendo lo que es. Cuando no se cumple con lo que se debe se produce el desorden, el desequilibrio, la falta o el “pecado” (tomando un concepto cristiano) y ello solo se repara cuando las cosas vuelven a su cauce, a lo que deberían ser. Cuando todo está en su lugar y actuando de acuerdo con el mandato imperativo se obtiene la belleza, situación que en el hombre es un estado contemplativo extático que llena su espíritu con una sensación de gozo. La diferencia que hay con el concepto “felicidad” es que no es algo que está únicamente en el interior de una persona, como pasa en Occidente, sino que necesariamente tiene que provenir del exterior; es decir, no es un placer privado: es un hecho concreto que tanto a la naturaleza como a los otros hombres les debe constar que es real. En el mundo andino no se busca “la felicidad” sino la belleza, algo más impersonal pero que sí es posible de lograrse y de comprobarse en la práctica, mientras que la felicidad puede tratarse de una ilusión pasajera, egoísta o perversa, donde tanto los demás como la propia naturaleza están ausentes de esa experiencia.

Esto explicaría por qué en el mundo andino se habla hoy de “el buen vivir” (en quechua allin kausay) que engloba muchas más cosas que un simple estado de felicidad individual. En el buen vivir están implícitos numerosos conceptos como, por ejemplo, el que nadie puede obtener este buen vivir por sí mismo; es necesariamente un acto colectivo donde, sin la participación de los demás, no se puede lograr. Sería imposible para el andino gozar mientras el entorno sufre puesto que éste es parte de su ser (en la felicidad sí puede darse en la medida que se trata de un estado íntimo supeditado solo a metas personales, sin importar si éstas sean o no contraproducentes con el bien para las mayorías y para la naturaleza y los seres que la habitan). Si el equilibrio está roto, si la naturaleza sufre una quiebra en su estructura, si los seres con los que se cohabita igualmente sufren será inútil intentar encontrar la belleza buscada y se vivirá con pena, tristeza y amargura. En cambio, si se restaura el equilibrio las cosas se encontrarán en su lugar y cumplirán con la misión encomendada. Y si el hombre andino ha puesto su cuota de esfuerzo para que eso se dé entonces el resultado será la contemplación de la belleza de la obra y ello lo llenará de dicha.

Se comprenderá que frente a esta lógica el transformar a la naturaleza en algo que no es o no tiene que ser resulta una deformidad; y que el hacerlo conlleva un desequilibrio que termina en fealdad. Para el andino el trastocar la naturaleza para que el hombre haga con ella lo que no está dentro del mandato imperativo solo puede producir desgracias y destrucción, arrastrando al ser humano a una tragedia. Ello permite entender el porqué de la animadversión que genera en él la mentalidad razonal que ve a la naturaleza como un objeto de consumo para el hombre; el porqué de su indiferencia ante un tipo de ciencia que no es la suya y su rechazo a integrarse incondicionalmente a una civilización que percibe al mundo, al Universo, como contrincantes o como presas a las cuales debe someter a su servicio.

Conclusión
El modelo ancestral andino contiene en sí mismo el esquema de un desarrollo sostenible porque proviene de una concepción cuya principal preocupación es la simbiosis y el equilibrio con la naturaleza de lo cual se deriva todo lo demás. De modo que, si se quisiera encontrar modelos alternativos a la actual modernidad mercantil occidental, lo que se propone aquí es tomar las estructuras fundamentales de dicha cultura como patrón de organización y sus ideas centrales aplicarlas, con las necesarias adaptaciones del caso, a un nuevo formato de sociedad universal. Todo dependerá de la capacidad que tengan los pensadores e intelectuales para desarrollar más al detalle esta propuesta, tal como lo hicieron en el pasado los diversos visionarios que, a través de sus obras, plasmaron utopías que, a la larga, sirvieron de inspiración a los políticos y planificadores. Debemos recordar que fue el Inca Garcilaso de la Vega quien, con su obra Comentarios reales, motivó a millones de europeos a pensar que sí era posible que existieran modelos de sociedad no occidentales y que fueran, no solo viables, sino incluso superiores a los que ellos conocían.

Bibliografía
ALVIZURI, Luis Enrique. El modelo de desarrollo andino. Lima, Perú. 2007.
ARCHIVOS DE LA SOCIEDAD PERUANA DE FILOSOFÍA VIII. Varios autores. Lima, Perú. 2003.
GOLTE, Jürgen. La racionalidad de la organización andina 2da edición Instituto de Estudios Peruanos. Lima, Perú. 1987.
HERNÁNDEZ, Max y varios. Entre el mito y la historia. Psicoanálisis y pasado andino. Ediciones psicoanalíticas Imago. Lima, Perú. 1987.
IRARRÁZAVAL, Diego. Tradición y porvenir andino. Instituto de Estudios Aimaras. TAREA. Lima, Perú. 1992.
KUHN, Thomas. La estructura de las revoluciones científicas. Octava reimpresión (FCE, Argentina), 2004.
MENDIZÁBAL, Emilio. Estructura y función en la cultura andina. Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Lima, Perú. 1989.
RIESCO, Dolores. Las grandes culturas y su filosofía comparada. Madrid, España 1968.
ROSTWOROWSKI, María. Ensayos de historia andina. Elites, etnias, recursos. Instituto de Estudios Peruanos. Lima, Perú. 1993.
SÁNCHEZ, Rodrigo. Organización andina, drama y posibilidad. Instituto Regional de Ecología Andina. Lima, Perú. 1987.
SILVA SANTISTEBAN, Fernando. Desarrollo político en las sociedades de la civilización andina. Universidad de Lima. Lima, Perú. 1997.


martes, 16 de junio de 2009

Más allá de la sangre amazónica

Las lecciones que nos deja el conflicto de Bagua, en la selva peruana, es que el mundo actual se encuentra ante un dilema: o los negocios o la Tierra. Y cuando decimos el mundo no nos referimos a un grupo de ecologistas o algunas ONG enemigas, supuestamente, del progreso. Nos referimos a grandes movimientos políticos mundiales en los cuales participan la mayoría de los gobiernos desarrollados, preocupados por el efecto invernadero, por el cambio climático y por la responsabilidad que tienen en ello las grandes industrias que conforman lo que conocemos como la sociedad moderna. Sin embargo, el poder hegemónico e imperial lo tiene Estados Unidos quien, por obvias razones, se niega a ver de ese modo las cosas.

La modernidad

La sociedad moderna es una idea acerca de la vida y del ser humano. Se comenzó a configurar en Europa muchos años antes de la Revolución Francesa y consiste en un giro total a las concepciones hasta ese tiempo imperantes que eran de origen religioso. Por lo general se atribuye su nacimiento a una pugna de poder entre el grupo dominante, la aristocracia, con otro con ansias de ocupar su lugar: la burguesía. En las aristocracias, la idea principal es que la sociedad humana se halla dividida en clases de personas, como en una colmena, y que cada quien debe cumplir y respetar el lugar que le ha tocado vivir. Todo el poder se encuentra en la clase superior, aquella nacida para mandar, y quien es la llamada a usufructuar todos los beneficios. Por otro lado, en el caso de la burguesía, ésta sostiene que no existen tales clases, que todos los hombres nacen iguales y que es la sociedad la que distribuye los roles.

De ambas posiciones se derivan unas respectivas verdades universales y absolutas, y toda sociedad que se derive de ellas y lo que ésta produzca debe afirmar dichos presupuestos. Cualquier insinuación que diga lo contrario es entendido como un acto subversivo contra dicho sistema.

Sin embargo Estados Unidos sigue siendo moderno

En la etapa actual de la historia humana que nos ha tocado vivir nos encontramos ante una instancia del desenvolvimiento de la posición o filosofía de la Modernidad, la cual conlleva lógicamente toda una serie de ideas acerca del modo de ser y de vivir que el humano debe tener para ser considerado como tal. La Doctrina de los Derechos Humanos es igualmente un reflejo muy claro de ello puesto que allí lo que se busca es adaptar de la mejor manera al hombre a este tipo de concepción. Lo mismo las nociones de progreso, desarrollo, futuro, crecimiento, evolución, mercado y un largo etcétera; todas estas ideas no son más que el desagregado que se desprende de la idea madre: la Modernidad, que plantea que el hombre es el dueño y explotador de la naturaleza y que ese es el objetivo de su existencia.

Pero una rápida observación al mundo contemporáneo nos demuestra que existe una confrontación y una pérdida de fe en esta filosofía. Incluso se habla, pero solo en Europa, de una posmodernidad, queriendo dar a entender con esto el desagrado que produce hoy la Modernidad en los que alguna vez creyeron en ella. Existe entonces un desencanto sobre lo bueno que ésta era y una desilusión al ver los efectos negativos que produce en la naturaleza. El problema es que el imperio norteamericano aún no lo ve así puesto que se halla en la cresta de la ola y es el principal usufructuador de ello. Eso significa que éste continuará un tiempo más con las ideas de desarrollo, progreso, poder y dominio que la Modernidad le ha brindado. De ahí se explica el porqué de las últimas decisiones tomadas con respecto al control de la Tierra (invasiones, instalaciones de bases en más de 200 lugares, colocación de cientos de satélites y control del espacio sideral).

El único jugador

Nada pasa en el mundo contemporáneo que no tenga que ver con los intereses de Estados Unidos. Ni el más pequeño conflicto o arreglo en el rincón más alejado le es ajeno. En estos momentos él es el único jugador en el tablero, y parte de su astucia consiste en hacer creer que existen otros jugadores, cuando en realidad es él el que los pone y los define como tales, haciendo de ellos simples títeres de su voluntad. Incluso crea sus propios enemigos hechos a su medida, como el llamado “terrorismo”, que no es más que el demonio medieval resucitado como comodín para acusar a todos de todo lo que sea necesario, desde una simple palabra hasta cualquier hecho trivial. El más insignificante acto humano que Norteamérica considere inconveniente puede ser tachado de “apología al terrorismo”.

En estas circunstancias, y tomando en cuenta el inmenso poder que Estados Unidos tiene, no se puede imaginar que el conflicto de Bagua sea una excepción a la regla —puesto que éstas en política no existen— y que no haya tocado sus intereses. Sabemos por la cartografía satelital que toda la amazonía está milimétricamente delimitada e identificada, incluyendo las propiedades bioquímicas de su subsuelo. Ellos conocen muy bien qué potencialidad futura tiene y qué se puede esperar de ella para los próximos años en los que todavía imperará la gran nación del norte. Casi se puede decir que toda ella ya es de su propiedad y que difícilmente se va a dejar arrebatar el control que tiene sobre ella. Esto significa que, inevitablemente, la idea de la Modernidad, cabalgando sobre la fuerza militar del Pentágono, será implantada tarde o temprano en esta región del planeta, con las consecuencias en el medio ambiente que ya todos conocemos pero que a ellos todavía no les importa.

La amazonía ya tiene dueño

Pase lo que pase el Perú, Brasil, Ecuador, Colombia y Bolivia no podrán impedir oficialmente su destino pues ya está decidido. Habrá protestas, marchas, confrontaciones y muchos muertos, pero estos valiosísimos recursos amazónicos, que aseguran el agua, el petróleo, el uranio y mucho más para el futuro, no pasarán a manos chinas ni de otras potencias sino que serán de uso esencial y exclusivo para los Estados Unidos. Así lo dicen los estudios de geopolítica que, lamentablemente, en los países sudamericanos, no tienen ninguna relevancia puesto que les resultan, increíblemente, puras fantasías o teorías de la conspiración, tan irreales como les parecen las leyes de la física cuántica o el proceso de división del átomo. Es la risa del ignorante.

Pero nos guste o no la planificación para el mañana sí existe y no es ciencia ficción. Los últimos en enterarse, como siempre, serán los habitantes de los países en cuestión, más preocupados en vender sus recursos naturales para poder comprar pantallas de televisión y PC portátiles. Para ellos eso es sinónimo de modernidad y progreso, con lo cual demuestran que, ideológicamente, aún se encuentran en los albores de la Revolución Industrial.

¿Alguna solución? La filosofía andina

¿Habrá algo que pueda evitar este destino? Siempre se debe terminar un análisis con algo de esperanza y con un aporte de posible solución. Pues sí la hay. Pero esta no vendrá, como siempre, de afuera, de la intelectualidad europea (pues ésta está en la absoluta decadencia, más necesitada que nadie de ideas) sino de las nuevas filosofías que surjan en los mismos lugares condenados a desaparecer. Ante una situación tan dramática como la que el imperio pretende (continuar explotando hasta lo último de la Tierra y luego hasta el Universo mismo) deben proponerse concepciones sobre la vida y el ser humano opuestas a esta noción.

Para ello felizmente Sudamérica cuenta ya con una base sólida que es la filosofía andina, a la cual no se le da todavía la categoría de tal por pura marginación del imperio que no desea que exista otra verdad más que la suya. Esta es una filosofía que no es de raíz occidental y que propone la convivencia con la Tierra como eje fundamental para la vida del hombre. No es un simple ecologismo que apunta más a un naturalismo; es un replanteo del objetivo de nuestra especie. Todas las ideas fuerza que se requieren para salvar, no solo al hombre sino a la Tierra, se encuentran, en nuestra opinión, plasmadas en esta forma de pensar. Lo que falta entonces es que los intelectuales sudamericanos descolonicen su mente y empiecen a mirar a otros sitios que no sean la civilización hegemónica occidental como única opción. Porque si ellos no lo hacen nadie lo va a hacer y no va a haber forma de impedir la catástrofe.